Blancanieves y los siete enanitos
Una reina celosa intenta deshacerse de su bella hijastra, que encuentra refugio en el bosque con siete peculiares enanitos.
Capítulo 1: El deseo de invierno
Érase una vez, en pleno invierno, una reina cosía sentada junto al marco de ébano de una ventana. Mientras veía cómo la nieve caía revoloteando como si fueran plumas, se pinchó el dedo con la aguja. Tres gotas de sangre roja cayeron sobre la nieve blanca. La imagen era tan hermosa que pidió un deseo.
«Deseo tener una hija tan blanca como la nieve, tan roja como las rosas y tan negra como la madera de este ébano», susurró.
Poco después, ¡su deseo se hizo realidad! Tuvo una niña y la llamó Blancanieves. Pero, por desgracia, la buena reina falleció y el rey se casó con otra mujer. Esta nueva reina era muy hermosa, pero también muy orgullosa y conocía la magia. Tenía un espejo especial en la pared que podía hablar.
Una mañana, la nueva reina se plantó ante él y preguntó: «Espejito, espejito mágico, ¿quién es la más bella de todas?».
La superficie del espejo se arremolinó con humo, preparándose para responder.
Capítulo 2: El secreto del espejo
Durante muchos años, el espejo siempre respondía: «Tú, mi reina, eres la más bella de todas». Esto hacía sonreír a la reina, pues sabía que el espejo nunca mentía.
Pero los años pasaron y Blancanieves creció. Era amable, dulce y cada día más hermosa. Una mañana, cuando la reina hizo su famosa pregunta —«Espejito, espejito mágico, ¿quién es la más bella de todas?»—, el espejo dio una respuesta diferente.
«Tú, mi reina, eres bella, es cierto. Pero Blancanieves es mil veces más bella que tú».
¡La reina se puso verde de envidia! No podía soportar ser la segunda. Llamó a su cazador real, un hombre corpulento de voz profunda. Le señaló con un dedo largo y le dio una orden terrible: «Lleva a la princesa al bosque», siseó, «¡y asegúrate de que no vuelva jamás!».
El cazador hizo una reverencia y tomó a Blancanieves de la mano.
Capítulo 3: Sola en el bosque
El cazador llevó a Blancanieves a lo más profundo del bosque, donde los árboles eran frondosos y las sombras, alargadas. Cuando llegaron a un claro tranquilo, se detuvo. Miró a la dulce princesa, que estaba recogiendo flores silvestres, y su corazón se ablandó. No podía hacerle daño.
«¡Huye, pobre niña!», exclamó el cazador, arrodillándose. «Corre al bosque y escóndete. La reina quiere hacerte daño. ¡No debes volver a casa nunca!».
Blancanieves estaba aterrorizada. Se dio la vuelta y corrió tan rápido como se lo permitieron sus piernas. Corrió sobre piedras afiladas y a través de arbustos espinosos. El viento aullaba y parecía que los árboles extendían sus ramas para atraparla.
Justo cuando el sol empezaba a ponerse, vio una extraña y pequeña silueta en la distancia. No era una roca, ni tampoco un árbol. Parecía un tejado diminuto con una chimenea diminuta.
Capítulo 4: La casita diminuta
Blancanieves se acercó sigilosamente. Era una casita encantadora con ventanas redondas y un tejado de paja. Llamó a la puerta —toc, toc, toc—, pero nadie respondió. Empujó la puerta para abrirla y se asomó al interior.
¡Todo en la casa era increíblemente pequeño! Había una mesa baja puesta con siete platitos, siete cucharitas y siete tacitas. Contra la pared había siete camitas, todas cubiertas con sábanas blancas e impecables.
Blancanieves estaba muy hambrienta y cansada. Comió un poquito de verdura de cada plato y bebió un sorbito de cada taza. Luego, le entró tanto sueño que se acurrucó sobre las siete camitas y se quedó profundamente dormida.
Pero la casa no estaba vacía. Cuando salió la luna, siete farolillos brillantes se balanceaban entre los árboles. ¡Los dueños de la casita volvían a casa del trabajo!
Capítulo 5: Una gran sorpresa
¡Eran los siete enanitos! Entraron en su casa marchando y cantando una canción alegre. Pero en cuanto levantaron sus farolillos, se detuvieron.
«¿Quién se ha sentado en mi taburete?», preguntó el primer enanito.
«¿Quién ha comido de mi plato?», preguntó el segundo.
«¿Quién ha bebido de mi taza?», preguntó el tercero.
Se acercaron de puntillas a su dormitorio. Allí, durmiendo plácidamente sobre sus camas, estaba Blancanieves. Parecía tan tranquila que no quisieron despertarla. La dejaron dormir hasta la mañana.
Cuando salió el sol, Blancanieves abrió los ojos y vio siete caras barbudas que la miraban fijamente. Dio un respingo y se incorporó, subiéndose la manta hasta la barbilla. ¿Serían amigables estos hombrecitos o se enfadarían porque se había comido su cena?
Capítulo 6: El descubrimiento de la reina
¡Los enanitos eran maravillosos! Cuando Blancanieves les contó su triste historia, se enjugaron las lágrimas. «¡Puedes quedarte con nosotros!», dijeron. «Puedes cocinar y mantener la casa ordenada mientras nosotros picamos oro en las montañas».
Blancanieves se puso muy contenta. Pero tenía que tener cuidado. «No dejes entrar a nadie», le advirtió el enanito mayor, Sabio. «La malvada reina sabe de magia».
De vuelta en el castillo, la reina se acercó a su espejo, pensando que volvía a ser la mujer más hermosa. Preguntó: «Espejito, espejito mágico, ¿quién es la más bella de todas?».
El espejo respondió: «Tras las siete colinas enjoyadas, más allá de la séptima cascada, en la casita de los siete enanitos, vive Blancanieves, la más bella de todas».
¡La reina dio un puñetazo en la mesa! Sabía exactamente qué hacer. Se maquilló la cara para parecer una vieja vendedora ambulante y se envolvió en una capa oscura. Cogió una cesta con regalos envenenados y se dirigió al bosque.
Capítulo 7: El lazo de seda
Blancanieves estaba limpiando la casita cuando oyó una voz rasposa fuera. «¡Vendo buena mercancía! ¡Cosas bonitas!».
Blancanieves se asomó por la ventana. No vio a su madrastra; solo vio a una inofensiva anciana que vendía cintas de colores. «Supongo que puedo dejarla entrar», pensó Blancanieves. Quitó el cerrojo de la puerta.
«Oh, mira qué bonito lazo rojo para tu vestido», graznó la anciana. «Déjame atártelo bien».
Blancanieves se quedó quieta. La anciana le ató el corpiño rápidamente y tiró con fuerza, ¡tan fuerte que Blancanieves no podía respirar! Jadeó y cayó al suelo desmayada.
«¡Ahora yo soy la más bella!», cacareó la reina, y huyó corriendo. Blancanieves yacía inmóvil en el suelo. Los enanitos todavía estaban a kilómetros de distancia en la mina.
Capítulo 8: La manzana roja y brillante
¡Por suerte, los enanitos volvieron a casa pronto! Vieron a Blancanieves en el suelo, cortaron el lazo apretado y ella respiró hondo. ¡Estaba a salvo! Le advirtieron de nuevo: «¡No le abras la puerta a nadie!».
Pero la reina volvió a hacerle la pregunta a su espejo, y de nuevo le dijo que Blancanieves era la más bella. ¡La reina estaba furiosa! Entró en una habitación secreta y preparó un veneno terrible. Sumergió una hermosa manzana roja en la olla burbujeante. La manzana parecía deliciosa, pero un solo bocado haría que alguien durmiera para siempre.
Disfrazada de una dulce campesina, la reina volvió a la casita. Llamó a la ventana. «Tengo manzanas sabrosas», susurró.
«No me atrevo a dejarte entrar», dijo Blancanieves.
«No hace falta que me dejes entrar», sonrió la mujer, ofreciéndole la manzana a través de la ventana. «Toma esta como regalo. Mira qué roja es».
Blancanieves tenía hambre y la manzana tenía tan buena pinta... Alargó la mano.
Capítulo 9: El ataúd de cristal
Blancanieves cogió la manzana. Le dio un pequeño mordisco... ¡crac! De repente, la habitación dio vueltas. Cayó al suelo y no despertó. La reina soltó una risa malvada: «¡Blanca como la nieve, roja como la sangre, negra como el ébano! ¡Esta vez, los enanitos no podrán despertarte!».
Cuando los enanitos volvieron a casa, lo intentaron todo. Le aflojaron los lazos, le peinaron el pelo y le lavaron la cara con agua, pero Blancanieves permaneció inmóvil. Lloraron y lloraron durante tres días enteros.
Se veía tan hermosa, como si solo estuviera durmiendo, que no pudieron enterrarla en la tierra oscura. En su lugar, construyeron un ataúd de cristal transparente para poder verla siempre. Lo colocaron en una colina y se turnaron para vigilarlo.
Las estaciones cambiaron. El invierno vino y se fue. Entonces, una tarde soleada, un príncipe cabalgaba por el bosque en su caballo blanco. Vio el ataúd de cristal y se detuvo. Se bajó del caballo y caminó hacia él.
Capítulo 10: El despertar
El príncipe miró a través del cristal y vio a Blancanieves. Se enamoró de ella al instante. «Por favor», les dijo a los enanitos, «dejadme llevarla a mi castillo. La honraré y protegeré para siempre».
Los enanitos vieron que el príncipe era bueno y sincero, así que aceptaron. Levantaron el ataúd de cristal sobre sus hombros para llevarlo hasta el caballo del príncipe. Pero mientras caminaban, ¡uno de los enanitos tropezó con la raíz de un árbol!
¡Zas! El ataúd se sacudió violentamente. El trozo de manzana envenenada que estaba atascado en la garganta de Blancanieves se desprendió y salió disparado de su boca.
Los ojos de Blancanieves se agitaron. Respiró hondo y se incorporó. La tapa del ataúd se abrió. Miró a su alrededor asombrada y vio al príncipe arrodillado ante ella.
«¿Dónde estoy?», preguntó.
El príncipe tomó su mano con delicadeza.
Capítulo 11: Y vivieron felices para siempre
«Estás a salvo conmigo», dijo el príncipe, sonriendo. Le contó todo lo que había pasado y cuánto la amaba. «¿Vendrás conmigo al castillo de mi padre y serás mi esposa?».
Blancanieves miró al amable príncipe y a los enanitos que vitoreaban. «Sí», dijo ella con una sonrisa tan radiante como el sol.
Cabalgaron hasta el reino del príncipe con los enanitos siguiéndolos de cerca. Hubo una gran boda con música, bailes y tarta. La malvada reina, al oír que Blancanieves estaba viva y se casaba con un príncipe, se enfadó tanto que huyó y nunca más se la volvió a ver.
Blancanieves y su príncipe vivieron en el castillo, y los siete enanitos los visitaban todos los domingos. Y todos vivieron felices para siempre.
