Los tres cerditos
Tres cerditos construyen casas de paja, palos y ladrillo para protegerse del Lobo Feroz.
Capítulo 1: Hora de marcharse
Érase una vez, en medio de un frondoso y verde bosque, vivían tres cerditos. Tenían colitas rizadas, hocicos rosados y orejas muy inquietas. Vivían con su mamá, pero la casa se les estaba quedando pequeña a los tres cerditos, que no paraban de crecer.
Una mañana soleada, Mamá Cerdita se secó las manos en el delantal y dijo: «Mis queridos pequeños, ya sois lo bastante mayores para salir a conocer el ancho mundo. Debéis construir vuestras propias casas. Pero recordad, hagáis lo que hagáis, hacedlo lo mejor que podáis, porque en el mundo hay un Lobo Feroz».
Los tres cerditos se despidieron de su madre con un beso. Envolvieron la merienda en sus pañuelos de lunares y se fueron trotando por el camino polvoriento, cantando una alegre canción. Se sentían valientes y muy ilusionados.
Pero a medida que se adentraban en el bosque, los árboles se hacían más altos y las sombras, más largas. De repente, una ramita crujió con fuerza a sus espaldas. ¡CRAC!
Los tres cerditos se quedaron helados.
Capítulo 2: La casa de paja
Los cerditos miraron a su alrededor, pero no vieron nada. «Ha sido solo el viento», dijo el primer cerdito. Era un poco vago y quería construir su casa rápido para poder irse a jugar.
Justo en ese momento, pasó por allí un hombre que llevaba un gran fardo de paja dorada.
«Por favor, señor», le preguntó el primer cerdito, «¿me podría dar esa paja para construir una casa?»
El hombre aceptó y el cerdito se puso manos a la obra. Amontonó la paja... zas, zas, crujido. No era muy resistente, ¡pero la terminó en una hora! El primer cerdito se puso a bailar de alegría y entró para echarse una siesta en su blandito suelo de paja.
Estaba a punto de cerrar los ojos cuando oyó un ruido fuera. No era un pájaro. No era un conejito. Eran unas pisadas fuertes y pesadas.
Pum. Pum. Pum.
Entonces, una voz grave y rasposa llamó a la puerta. Toc, toc, toc. «¡Cerdito, cerdito, déjame entrar!»
Capítulo 3: Una enorme ráfaga de viento
El cerdito miró por una rendija de la paja. ¡Era el lobo! Tenía unos grandes ojos amarillos, unos afilados dientes blancos y parecía muy hambriento.
«¡No, no, ni hablar!», chilló el cerdito. «¡No te dejaré entrar!»
El lobo sonrió, enseñando todos los dientes. «¡Pues soplaré y soplaré, y tu casa derribaré!»
El lobo respiró hondo. Inspiró tanto aire que su pecho se hinchó como un globo gigante. Los árboles se mecían y las hojas se arremolinaban a sus pies. El cerdito, temblando, se escondió debajo de su silla.
El lobo se inclinó hacia delante, listo para soltar todo ese aire.
Capítulo 4: Correr para salvarse
¡FUUUUU!
¡El lobo sopló una ráfaga de viento poderosísima! La casa de paja no tuvo ninguna oportunidad. Los tallos dorados salieron volando por todas partes: hacia los árboles, hacia el cielo y por todo el suelo. ¡La casa había desaparecido!
El cerdito chilló y echó a correr con sus cuatro patitas. «¡Socorro! ¡Socorro!», gritaba. Corría veloz como el viento, con las orejas agitándose a su espalda.
El Lobo Feroz se relamió y corrió tras él. Sus grandes zarpas golpeaban el camino de tierra. El cerdito podía oír al lobo cada vez más cerca. ¡Casi podía sentir el aliento caliente del lobo en su colita rizada!
Justo delante, el cerdito vio a su hermano junto a una casa nueva hecha de palos. ¡Estaba a solo unos pasos!
Capítulo 5: La casa de palos
El segundo cerdito había construido su casa con palos que le había dado un leñador. Era un poco más resistente que la de paja, hecha de ramitas y ramas entrelazadas.
Vio a su hermano correr y abrió la puerta rápidamente. El primer cerdito se zambulló dentro y... ¡ZAS! Cerraron la puerta con llave justo a tiempo.
«¡A salvo!», jadeó el primer cerdito.
«No te preocupes», dijo el segundo. «Mi casa de palos es resistente».
Pero fuera, el bosque se quedó en silencio. Los pájaros dejaron de cantar. Los dos cerditos se acurrucaron juntos en un rincón. Entonces, la sombra de dos orejas puntiagudas apareció en la cortina de la ventana.
«¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!», gruñó la voz, más fuerte que antes.
«¡No, no! ¡Ni hablar!», gritaron los hermanos a la vez.
El lobo gruñó. «¡Pues soplaré y soplaré, y vuestra casa derribaré!»
La casa de palos crujió y gimió. El lobo se preparaba para soplar más fuerte que nunca.
Capítulo 6: Un crujido
El lobo sopló. Y resopló. Y entonces... ¡GRRRROAR!
¡Sopló con la fuerza de una tormenta! Los palos traquetearon y se sacudieron. ¡Crac! ¡Chas! ¡Pop!
Las paredes de madera empezaron a doblarse. ¡El tejado se levantó y salió volando! Con un estruendo terrible, la casa de palos se derrumbó, convirtiéndose en un montón de leña.
Los dos cerditos salieron a toda prisa de entre los escombros. Estaban cubiertos de polvo, pero no se detuvieron a sacudírselo. ¡Corrieron! Corrieron hacia la colina donde vivía su tercer hermano.
El lobo estaba furioso. Tenía mucha hambre y estaba muy malhumorado. Corrió tras ellos, haciendo sonar sus mandíbulas. ¡Ñic, ñac, ñic!
Los cerditos vieron una preciosa casa roja más adelante. Parecía muy sólida. La puerta era de roble macizo. Corrieron hacia ella, pero sus patitas empezaban a cansarse. ¡El lobo les pisaba los talones!
Capítulo 7: La casa de ladrillo
El tercer cerdito era el más listo y trabajador de todos. Se había pasado días colocando pesados ladrillos rojos y uniéndolos con argamasa pegajosa.
Oyó el alboroto y abrió de par en par su pesada puerta de roble. Sus dos hermanos entraron rodando, jadeando y resoplando. ¡CLANG! El tercer cerdito cerró la puerta con el cerrojo y echó la llave con una gran llave de hierro.
«Aquí estáis a salvo», dijo el tercer cerdito con calma. Atizó el fuego que ardía con fuerza en la chimenea.
Fuera, el lobo aporreó la pesada puerta. ¡BUM! ¡BUM! ¡BUM!
«¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!», rugió.
«¡No, no! ¡Ni hablar!», gritaron los tres cerditos.
El lobo se rio. «¡Pues soplaré y soplaré, y vuestra casa derribaré!»
Respiró más hondo que nunca. Se le puso la cara morada. Sopló hasta que la hierba se aplastó y los árboles se doblaron.
El viento golpeó la casa... ¡FUUUUU!
Capítulo 8: El plan del lobo
La casa de ladrillo no se movió. ¡Ni siquiera se estremeció!
El lobo sopló una y otra vez. Sopló hasta que se quedó sin aire. Cayó sobre la hierba, resoplando y tosiendo. La casa de ladrillo se mantenía firme y fuerte contra el cielo azul.
El lobo se dio cuenta de que no podía derribar esa casa. ¡Estaba furioso! Caminaba de un lado a otro, gruñendo para sí mismo. Miró las fuertes paredes. Miró la puerta cerrada con llave.
Entonces, miró hacia arriba.
Vio la chimenea en el tejado. Era ancha y estaba abierta. Una sonrisa astuta se dibujó en la cara del lobo. «Si no puedo entrar soplando», susurró, «bajaré desde arriba».
Empezó a trepar por la pared de la casa, clavando sus garras en los ladrillos. Cris, cras, cris, cras.
Dentro, los cerditos oyeron el ruido de arañazos en el tejado. Miraron la chimenea. Se miraron entre ellos.
Capítulo 9: La sorpresa de la chimenea
«¡Está en el tejado!», susurró el primer cerdito.
«¡Va a bajar por la chimenea!», gritó el segundo.
Pero el tercer cerdito se limitó a sonreír. «¡Rápido!», dijo, «¡quitad la tapa de la olla grande!»
Una olla de hierro gigante colgaba en la chimenea, justo debajo del hueco. El agua de dentro estaba hirviendo y burbujeando. Los tres cerditos quitaron la pesada tapa y esperaron.
Arriba en el tejado, el lobo se relamió. «¡Allá voy, cerditos!», gritó. Metió las patas en la oscura chimenea y se dejó caer.
¡Yujuuuu! ¡Se deslizó por el túnel oscuro, cada vez más rápido! Pensaba que se estaba deslizando hacia una cena deliciosa.
Pero no se deslizaba hacia el suelo. ¡Se deslizaba directo hacia la olla de agua hirviendo y burbujeante!
Capítulo 10: Un final feliz
¡CHOF!
¡El lobo cayó directamente en el agua hirviendo!
«¡AYYYY!», aulló.
Salió disparado de la olla como un cohete, subió de nuevo por la chimenea y cayó rodando del tejado. Salió corriendo hacia el bosque, sujetándose la cola quemada y aullando durante todo el camino a casa. Nunca, jamás, volvió a molestar a los tres cerditos.
Los tres hermanos bailaron por la habitación, cantando y riendo. Los dos hermanos aprendieron la lección: el trabajo duro tiene su recompensa. Vivieron todos juntos, felices y seguros en la resistente casa de ladrillo, y vivieron felices para siempre.
Fin.
